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viernes, 26 de septiembre de 2014

Lord of the selfies 26/09/14: El viaje


...Y aquí os pongo el relatito del viernes; éste es inédito, nuevito de esta tarde, jejeje...


EL VIAJE

Las primeras veces era siempre una experiencia nueva: aeropuertos pequeños y grandes, aeropuertos viejos y nuevos, aeropuertos con miles de ingeniosos e inesperados servicios e instalaciones para los pasajeros, aeropuertos que transmitían una sensación de decadencia nada tranquiliazadora para el pasajero aéreo, aeropuertos en huelga, aeropuertos llenos de gente, aeropuertos vacíos...

Pero siempre llega un momento en el que lo nuevo se transforma en pauta, en que lo que nunca se ha hecho se convierte en lo que se hace sin pensar, y la mente vuela libre fuera del cuerpo y el lugar, y ya no se fija en la publicidad de las paredes, y ya no entra en las tiendas "duty free", y ya no explora los pasillos. Llega un momento en que lo único nuevo y cambiante es la multitud. La multitud de personas solas que puebla los aeropuertos, la multitud de gente comiendo cosas que nunca comería en condiciones normales.

Después de la visita a los servicios, se sentó tranquilamente junto a un pequeño monitor que mostraba su ciudad de destino junto al código del vuelo. Solía llevar un libro, pero al final siempre acababa jugando con el móvil y mirando a la multitud solitaria. Incluso las familias que viajaban juntas parecían solas en los enormes espacios de luz artificial. La gente hacía cola a pesar de que tenía el asiento asignado. Este vuelo era de los largos, así que mientras arrastraba la pequeña maleta por el plástico irregular de la pasarela, ya fantaseaba con el momento en el que se quitaría los zapatos y escogería la música. 

Había pocas cosas mejores en esta vida que sentirse aislado del mundo entre el ruido imponente del motor de un avión y escuchar música clásica con los zapatos quitados mientras se observaba el trayecto sobre el océano en un mapa que registraba el tiempo y los kilómetros restantes, la velocidad del aparato y la tempreatura en el lugar de destino, mientras el resto de los pasajeros intentaba dormir arropado en una manta extrañamente pequeña y cómoda. Pasar la noche en un avión es una experiencia única. Uno está lejos de todo, de todos, en una especie de rutina instantánea y artificial que nos hace familiarizarnos con una extraña noche que dura diez horas o una, en un pequeño habitáculo que desaparece en un mundo y aparece en otro distinto.

Pero, por largo que sea el viaje, nunca se duerme del todo, y por corto que sea el trayecto, siempre se tarda en bajar del avión. La gente se quitaba los cinturones antes de que el avión se parase, y se levantaban rápidamente, como si su prisa pudiera contagiar al mismo capitán o a los operarios de la puerta. Cuando uno ha viajado más de tres veces, suele deducir que no tiene sentido quedarse de pie diez minutos, incómodo, apretado, esperando a tener espacio suficiente para bajar la maleta. Y sin embargo, qué difícil le era esperar en el asiento, qué difícil es comprender y aceptar que no podemos modificar el paso del tiempo con nuestra actitud.

Y cuando recogió su maleta grande en la cinta transportadora, sintió que todo volvía a estar en orden, que la eterna huída a ninguna parte descansaría durante un tiempo, que aunque habían ido dos personas y había vuelto una, esta vez tenía sentido. Tiró de las dos maletas hasta que pudo sentir el aire frío del invierno en la cara, se tomó unos segundos para inspirar profundamente, sonrío y busco un taxi.

(foto: bilder.4ever.eu)

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