
Si, para mí, Amèlie es el primer clásico del cine del siglo XXI, La vida es bella es el último clásico del siglo XX. Si hubiera sido rodada en USA por uno de los grandes directores y protagonizadas por algunos de las grandes estrellas, hablaríamos de una de las películas clave de la historia del cine, así de claro.
La vida es bella es una película perfecta, con esa perfecta sensibilidad que solo los italianos son capaces de desplegar en ocasiones. La dirección es magnífica, la fotografía, sublime, el guión, algo de los que casi 20 años después se puede estar hablando una noche entera. Una comedia que no es comedia. Un drama que no es drama. Ése es el mayor éxito de esta película: conjugar estos dos géneros opuestos que se tocan de una manera única. El mensaje de La vida es bella es parecido al de Amèlie: el pensamiento positivo, el humor por encima de todo, la comedia que es capaz de escapar y vencer a la mayor y más horrible de las tragedias. El amor y el humor como el arma más poderosa.
Quizá existan mejores películas que esta sobre el holocausto, pero esta es la más fácil de ver y la mejor, porque te hace captar el mismo mensaje que las demás pero sin sufrir tanto: es verdaderamente mágico como podemos reír tanto a través de una historia respetuosa y terrible. Qué más se puede esperar de esta vida, que aprender las lecciones más terribles sin necesidad de sufrirlas. Y el que diga que esta película le quita hierro a la tragedia del holocausto, es que no ha entendido nada.
En mi opinión, siempre habrá personajes más cómicos que Guido Orefice, pero jamás, de eso estoy seguro, habrá un padre mejor en la historia del cine. He dicho.
(Foto: elpelicultista.com)
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